Lanas Emi

Lanas Emi: una auténtica mercería de barrio de las que ya no quedan

Crónicas

Cada vez quedan menos mercerías de barrio. Cuesta encontrar según qué materiales fuera de internet y es una pena. Es fantástico tener acceso a telas japonesas y lanas orgánicas australianas en un click pero nada es comparable a entrar por primera vez en una de esas tiendas con estanterías abarrotadas de ovillos de colores donde no sabes muy bien dónde mirar porque todo te llama la atención.

Además nadie sabe tanto de labores como la persona que está al otro lado de ese mostrador de madera, sonriente, con un metro colgado del cuello que no necesita para nada porque sabe medir perfectamente a ojo.

En mi barrio hay una mercería de toda la vida que sigue aguantando los embites de las grandes superficies y las nuevas boutiques de cosas bonitas. Se llama Lanas Emi, un nombre sin más pretensiones que dejar claro lo que es, con un toldo verde que hace de barrera visual cuando la tienda está cerrada y un escaparate cándido, cubierto por el típico plástico anaranjado de los 80 que proteje del sol a los productos expuestos.

Cuando entras en Lanas Emi siempre hay alguien comprando. La media de edad de las clientas es de 50 para arriba, salvo yo, y allí, esperando a que te llegue el turno, te vas enterando de cómo hacer mil técnicas diferentes o para quién será el próximo jersecito de la señora que va delante. Nadie se guarda nada, es un momento solidario entre mujeres en el que la edad no importa, solo el hobby.

En esta mercería no tienen trapillo, les parece demasiado moderno, quizá solo pudieran darle salida conmigo y no les compensa, pero tienen por ejemplo cosas más tradicionales como el azulillo, algodón blanco para tejer con crochet.

Lo mejor de Lanas Emi es Emi, la dueña, una señora ya mayor muy maja que lleva la tienda con su hija. Tiene edad de estar jubilada pero supongo que le tira el deber. Cuando no entiendo un patrón le pregunto a Emi y ella coge las agujas y rápido me hace una demostración. Conoce palmo a palmo el stock de su tienda y eso que, pese a la gran cantidad de modelos de hilos que tiene a la vista, lo mejor está en el almacén. Bolsa y bolsas de ovillos de Katia separados por colecciones y colores. También tiene agujas pero no marcadores. Todo un misterio.

Un día una chica entró con una cámara de fotos y les pidió si podía tomar unas imágenes de la mercería para su blog, ellas no entendían nada pero le dejaron que sacase todas las fotografías que quisiera. Emi y sus lanas no están en internet ni lo necesitan, no imparten talleres, no hacen descuentos, no despuntan por vender materiales difíciles de encontrar en otros sitios ni hacen publicidad de ningún tipo pero tienen una clientela fiel que se renueva con el tiempo. Es un marketing distinto, el del trato personal, la sabiduría de muchos años y el slow work. Nadie irá a la mercería con prisa ni saldrá sin haber pasado un buen rato.

Es una pena que se pierdan las mercerías de barrio y confío en la hija de Emi para que continúe con la tradición.

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