Hacer sushi con tus propias manitas lo cambia todo

Crónicas

No me gustaba el sushi, lo siento. La primera vez que lo probé fue en la comida de despedida de una compañera de trabajo y me supo a nada. Ni bueno ni malo. Terminé comiendo tortilla de patata y empanada de atún.

Ni los rollitos, ni el agridulce, ni la soja, ni comer con palillos me llamaba. En realidad siempre he comido fatal, he sido muy cerrada para probar alimentos nuevos y si algo no me gusta, lo aparto del plato y no me lo como.

Con el tiempo, la madurez, los viajes y las experiencias mi paladar se ha ido desarrollando y noto que tengo una mentalidad más abierta y ganas de descubrir a qué saben platos que nunca de han cocinado en mi casa. Sin embargo con el sushi, pese a haber ido varias veces a restaurantes como Sumo en Madrid (uno de los mejores, dicen) seguía en mi rutina de pollo teriyaki, rollitos de primavera y tallarines.

Todo esto ha cambiado, pero no por arte de magia. Ayer asistí a un curso de iniciación al sushi en la escuela A punto que me sirvió para valorar más los sabores, las texturas y los procesos que componen la preparación del sushi.

Eramos 6 alumos entorno a una gran encimera viendo al profesor, un cocinero brasileño muy experimentado en la comida japonesa. Nos enseñó cómo lavar el arroz, enfriarlo, aliñarlo, cortar el pescado, enrollarlo bien en el alga, darle la forma adecuada, cortarlo y degustarlo con orgullo. Todo ello bañado con vino, sake, conversación, dudas, degustaciones, sonrisas tímidas, miradas al de aldo…

No voy a decir que he hecho grandes amigos, fue solo una clase de 3 horas, pero al acabar todos sentimos que nos unía algo especial, haber compartido un buen rato y salir con el estómago lleno.

Nunca había probado la lubina cruda y con una rodaja de lima y soja estaba espectacular. Tampoco había degustado mucho el salmón, el atún rojo, el wasabi o las algas. No conocía bien el vinagre de arroz, y aunque al principio su olor me echó para atrás, después no lo sentí en la boca y combinaba muy bien con el dulzor del arroz. Tampoco había cocinado con cebollino ni me apasionaba la piel del pepino o la zanahoria cruda.

Ahora, la próxima vez que vaya a cualquier restaurante japones o asiático en general, creo que le daré una segunda oportunidad a los makis y los niguiri pero también a las salsas y las los ingredientes inusuales. Que los sepa coger con los palillos, ya es otra cosa.

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